Las caras de la estatua

por Ángel C.

La pregunta que se nos dificulta en la mayoría de los casos es decir quienes somos, que queremos, y como nos definimos, es porque no nos tomamos el tiempo necesario para analizar nuestras propias fortalezas y debilidades. 

Hay algo para lo que todos, ABSOLUTAMENTE todos somos buenos, algo que ha nacido con nosotros, no es adquirido por educación ni experiencia, somos excelentes para criticar, para detallar todas y cada unas de las carencias de los demás, podría decirse que es una “fortaleza innata”.

Tiendo a reflejar una estatua a unos pocos centímetros de distancia de mi cuerpo y miró cada uno de sus lados, sus perfiles, sus habilidades, sus remiendos y sus mas intimas características. Esa estatua posee nombre y apellido: YO.

Me reflejo en una estatua marchita pero al mismo tiempo llena de vida, que no es buena para los deportes, ni para las artes, carece de esas divinas musas que regalan la inspiración, no es atractiva ni mucho menos divertida, no es un héroe ni un villano, no es extrovertida ni mucho menos tímida, no es inteligente, pero hay algo seguro, no es ignorante. Es esa estatua que esta a tu lado y miras de reojo.

Posee cuatro caras, cada una de ellas distintas y opuestas entre sí, pasa de colérico  a melancólico a flemático y  a sanguíneo, es fuerte pero debil, es alegre pero triste, es perfecta pero desfigurada, es insegura pero decidida. 

Está hecha de resinas, es tan frágil cuando se moldea pero tan resistente cuando se seca.

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